17 de marzo de 2017

Moverse en Libertad de Emmi Pikler


Este libro, es un imprescindible del desarrollo motor del bebé. En este post haré un resumen, exponiendo extractos importantes del mismo.

Emmi Pikler (1902-1984), estudió medicina en  Viena, donde consiguió su título de médico en 1927. Recibió su formación pediátrica en el Hospital Infantil de la Universidad de Viena. En aquél momento estaban a la orden del día importantes corrientes culturales progresistas como el Psicoanálisis (Sigmund Freud) y la Escuela Nueva (movimiento generado por muchos autores como Freinet, Montessori…).

Finalizados sus estudios en Viena, se trasladó a Trieste, donde empezó a trabajar como pediatra y donde conoció al que fue su marido, György Pikler, un pedagogo en cuyas ideas también apoyó su experiencia profesional, con el que, en 1932, con el nacimiento de su primera hija, decidió permitir la libertad de movimiento del niño y esperar su desarrollo pacientemente.


Como pediatra, Emmi Pikler invitaba a las familias de cuyos bebés y niños se ocupaba, a intervenir mucho menos y a observar mucho más. Cada semana iba a las casas de las familias, observaba al bebé en presencia de su madre y hablaba con ella de los detalles, de las cosas de todos los días. Entre visita y visita, la mamá anotaba lo que iba advirtiendo de la evolución de su hijo a lo largo de la semana. (información extraída de aquí).

La documentación de esos años, con muchas fotografías de los niños y niñas de las familias a las que ella acompañó en la crianza, se convirtió en su primer libro, titulado “¿Qué sabe hacer vuestro bebé?”. Se publicaron 10 ediciones en Hungría y en el extranjero. Después de la guerra escribió “El libro de las madres” que sirvió como manual para las familias de los pequeños y pequeñas en Hungría durante decenios. (extraído de aquí).

 Desde 1946 hasta 1979, se encargó de la dirección del Instituto metodológico de Educación y Cuidados de la primera infancia (Instituto Loczy) de Budapest, dirigido a bebés que necesitaban largos cuidados fuera del núcleo de su familia.
Pikler trató de establecer un ambiente reconfortante, incluyendo la selección cuidadosa del personal, para permitir que los niños en el orfanato crezcan sin el daño institucional habitual, alertando sobre el peligro del síndrome de hospitalismo (para leer otros estudios sobre el hospitalismo pincha aquí ), haciendo importantes esfuerzos junto con sus colaboradoras para elevar el nivel del trabajo en los orfanatos de su país. Según un estudio realizado por Bowlby, la mayoría de las personas que han pasado los primeros años de su vida fuera del medio familiar, revelan más tarde aberraciones de su personalidad, relaciones sociales superficiales, dificultades para controlar sus manifestaciones emocionales (cóleras, arrebatos) y eventualmente, insuciciencias de las funciones cognitivas y perceptivas. (BOWLBY, J: Maternal care and mental health. OMS, Ginebra, 1951, pag. 31, y Child care and the growth of love. Penguin, Londres, 1957, págs. 34-37).

El libro del que trata este post, Moverse en Libertad, desarrollo de la motricidad Global, será pues la recopilación de los numerosos estudios que se llevan a cabo en el Instituto Loczy de Budapest y la comparación de sus resultados con los diferentes estudios sobre el campo de la psicomotricidad en la primera infancia que Pikler encuentra, que, bajo su opinión, está casi totalmente ausente de investigaciones sobre el proceso del desarrollo motor del bebé basado en su propia iniciativa. Las obras especializadas que Pikler encuentra a su paso, suelen integrar en sus descripciones la ayuda directa de la madre como acompañamiento del proceso del desarrollo motor.

Es más, multitud de países fabrican y utilizan diversos accesorios de apoyo y sujección para los bebés como:

- sillitas de coche, de mesa, silloncitos, etc, donde la pelvis del bebé queda inmovilizada ya que está en una edad en la que todavía se puede escurrir de la silla. El niño permanece ahí más tiempo del que podría estar en esta posición sin apoyo.

 - También se usan los asientos colgados del techo (yupala), donde el niño queda inmovilizado en posición sentada y cuando da patadas en el suelo, el instrumento se desplaza de arriba abajo como un resorte.

- Sillas-mecedoras a las que se sujeta al niño con ayuda de tirantes.

- Taca-tacas,  que son accesorios para mantener de pie a los niños que tienen ruedas en la base, de manera que cuando el niño se inclina hacia un lado u otro éste se desplaza con él.

Así, inmovilizado, aunque pueda manipular objetos, no es capaz de recuperar el juguete que ha dejado escapar de sus manos. De esta manera, hasta para tener una continuidad en su juego, necesita la ayuda del adulto.

El niño, condenado a la inactividad e impotencia, se suele volver inquieto, insatisfecho y descontento. Esta es una de las razones por las que exige cada vez más que el adulto le cambie de posición.

La mayoría de los autores descuidan movimientos característicos de la primera infancia y que sólo tienen importancia en cuanto fases transitorias del desarrollo antes de la adquisición de la marcha firme:

-volverse de la posición dorsal a la de costado

-rodar

-jugar en posición ventral

-reptar

-gatear

-sentarse solo

-y volver a tumbarse.


Los autores ni siquiera citan un lugar propicio para moverse, y entre los que nombran, designan la cuna como el terreno para moverse y en dodne el niño se pone de pie. Otros, aluden al parque, cuyas dimensiones habituales son de 1x1 m. En cualquier caso se trata siempre de espacios muy limitados.



Según Pikler, después de que el niño ha aprendido a permanecer en posiciones que el adulto le ha hecho adoptar, o a realizar movimientos a partir de ellas, es preciso que aprenda además a
hallarlas y a abandonarlas por sí mismo.

Así pues, después de haber aprendido a mantenerse tumbado sobre el vientre, deberá aprender a volverse sobre el vientre y a volverse de nuevo sobre la espalda.

Cuando ya puede manterse sentado, debe aprender a sentarse y a volver a tumbarse; cuando ya haya aprendido a andar debe aprender a ponerse de pie y a volver a ponerse a gatas; una vez que sabe andar, aprenderá a ponerse de pie sin sujetarse. Estas son condiciones para que pueda  actuar de manera autónoma en posiciones más evolucionadas, para que pueda ponerse en actividad y para que, a partir de estas posiciones, le sea posible emplear formas más avanzadas de movimento sin la ayuda concreta del adulto. Ésto es lo que se ha publicado sin justificaciones en la mayoría de los tratados y manuales de pediatría, por ello, al ser lo habitual, lo acabamos viendo como algo natural.

Las experiencias demuestran que el niño al que se le tumba hacia abajo precozmente o al que se le sienta antes de que domine esta posición, se halla desfavorecido tanto por lo que se refiere al reconocimiento activo del entorno como desde el punto de vista de la manipulación.

Tumbados hacia arriba, los niños pequeños, a partir de las 4-6 semanas, vuelven ya fácilmente la cabeza a izquierda y derecha; después siguen con los ojos y la cabeza todo lo que en su entorno despierta su atención. Los niños de algunas semanas traban conocimiento con sus manos; al seguir sus movimientos, aun involuntarios, se desarrolla la coordinación de los movimientos de la cabeza, de los ojos, de los brazos y de las manos, lo que constituye la base de la compleja actividad ulterior de estas últimas.

Por el contrario, el niño demasiado pequeño al que se tumba hacia abajo antes de que sepa volverse solo, no puede ampliar su campo visual más que alzando la cabeza, pero únicamente es capaz de hacerlo muy brevemente, por intermitencias, con la nuca y la espalda crispadas.
Al mismo tiempo, sosteniéndose sobre los antebrazos, no puede mover ni verse las manos aunque se encuentren en su campo visual. En esta fase del desarrollo, semejante posición tampoco resulta adecuada para una buena organización de los movimientos de la cabeza y de los ojos ni para la adqusición de una buena coordinación óculo-motriz.

Es cierto que la posición sentada facilita la manipulación y favorece la observación del medio y del entorno inmediatos, pero no en el caso del niño que se sostiene torpemente, sin seguridad o que se halla inmovilizado en esta posición.


Emmi Pikler defiende que un desarrollo motor rico y armonioso del bebé, beneficia al desarrollo del resto de las funciones, y trata de demostrar que (al contrario de lo que se venía creyendo) una
actitud NO INTERVENCIONISTA del adulto, favorece su autonomía.
Para ello propone evitar manipularle, meterle prisa e intervenir intempestivamente y además permitirle que se mueva con mayor libertad con ropa amplia y flexible, asegurando que los muebles que se encuentren en su espacio ambiental se encuentren sólidamente fijados al suelo para que le sea posible agarrarse a ellos y que durante el veranto se le tenga desnudo.

De esta manera, los principios llevados a la práctica de Emmi Pikler en el desarrollo de los movimientos del bebé son:

  • poner siempre al niño tumbado sobre la espalda hasta que él pueda por sí mismo adoptar otra posición.


  • Evitar los asientos en donde se pueda tener sujeto a un niño.
  • Si el niño tiende la mano o se agarra a la ropa del adulto, éste le coge en brazos pero no se le lleva de la mano; si se cae no se le levanta; se le da la mano para establecer un vínculo.
  • El adulto no sólo evita ayudar concretamente al niño, sino que tampoco le estimula  que adopte determinadas posiciones o a que realice ciertos movimientos.
  • Esto no significa en manera alguna una indiferencia por nuestra parte; el adulto comparte la alegría del niño cuando cosigue dominar un movimiento nuevo. El adulto se regocija con los progresos del niño.
  • La indumentaria del niño debe obstaculizar lo menos posible los movimientos: ropa flexible, no muy gruesa, los pañales que permitan libertad de movimientos, libertad de movimientos en manos y pies, los sacos de dormir deben ser largos y amplios superando por lo menos en 30 cm la talla del niño y su anchura es de unos 60 cm. Calzado de tela o de punto que adopte la forma del pie. Mientras que no ande bien, no llevará calzado de suela rígida. E incluso más tarde sólo lo llevará para pasear o para los juegos al aire libre si así lo impone el tiempo.
  • El espacio para moverse debe ser adecuado: las dimensiones de las camas utilizadas durante los dos primeros años son de 60x90 (salvo las cunas de los recién nacidos que tienen 45x90 cm). Los colchones son planos y consistentes, que no se hundan. En ningún momento han tenido almohada. El suelo es de parqué de madera y se cubre tan sólo las más de la veces con una sábana de algodón.
  • Juguetes adecuados: a partir de los 3-4 meses, se les proporciona juguetes que puedan coger por sí mismos sin ayuda de los adultos y con los cuales puedan jugar solos. Los juguetes se encuentran próximos a él, en el suelo, sin hallarse fijos. Tampoco los fijamos nunca por encima de su cabeza ni en los barrotes de su cuna o del parque.

Pikler hace una profunda reflexión sobre todos aquellos bebés a los que el adulto les continúa dando la vuelta o colocándoles sentados o de pie aunque su sistema neuromuscular aún esté inmaduro para esa postura. A los padres les suele importar que el niño adquira más rápidamente estos movimientos, pero nadie se preocupa de la manera en la que el niño ha llegado a ellos, ni de la calidad del movimiento ejecutado.
Ésto es sin duda, una práctica que no sólo no favorece el desarrollo infantil, sino que resulta perjudicial.

El perjuicio causado por las posturas impuestas no se limita al desarrollo de su motricidad, sino que también influye desfavorablemente en su desarrollo psíquico, en el desarrollo de su personalidad (avanzar por sí mismos les permite conocer su propio cuerpo, desarrollar su autoconciencia, la percepción de su propia eficiencia y una actividad autónoma, pues, a partir de posturas escogidas por él y que domina, puede buscar por sí mismo los juguetes y al encontrarse en equilibrio puede utilizarlos mejor).



Cerraré este post con unas palabras de Gessell a modo de conclusión: "el suelo es el mejor campo atlético del niño".


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